¡QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE!

Revista de la Asociación Catalana Síndrome de Rett

¡Quién te ha visto y quién te ve!

Para la Revista de la Asociación Catalana Síndrome de Rett

Hace un tiempo, una madre, con un hijo con pluridiscapacidad, que consultaba por depresión porque “no quiero drogarme con antidepresivos” –según ella- descubrió que, “me resulta mejor estar triste porque si me alegro por algo, veo a mi hijo y me vuelvo a deprimir…” según sus propias palabras.

Cada vez que la vuelvo a ver, no puedo dejar de decirle este siempre renovado piropo: “¡Quién te ha visto y quién te ve!”.

Me invade un sentimiento de alegría y satisfacción al verla radiante como un sol de primavera. Ella sigue con los mismos problemas, con el mismo trajín cotidiano. Con los mismos escollos ante la administraciones de salud, de los servicios sociales… Su hijo podríamos decir que está “estacionario”, han pasado ya varios años, su estado de salud es muy bueno, tiene todos los cuidados y las atenciones necesarias para el trastorno que le inhabilita. Lo cuidan mucho, por ejemplo siempre está a la moda, reluciente, perfumado, lo visten como un “dandi”, sin lujos pero elegante. Da gusto verle tan lindo.

¿Y por qué le puedo decir con toda la satisfacción del mundo a esta madre cada vez que la vuelvo a ver “¡Quién te ha visto y quién te ve!”?

Porque ella en su proceso de psicoterapia de apoyo, fue descubriendo que se había instalado en la auto-aflicción. En el fondo ella creía que no se merecía tender a sentirse satisfecha por algo ya que la desdicha estaba irremediablemente presente en su vida. Si se animaba a sentir el mínimo grado de contento, el ver a su hijo en ese estado de dependencia, la tumbaba en el desencanto.

Con ese sentimiento de desdicha ella se protegía para no sufrir el sabor amargo de la frustración. ¿Comprensible? Sí claro, pero no justo ni para ella, ni para los que vivían con ella: su marido, su hijo con pluridiscapacidad y su otro hijo, sin problemas de ese tipo…

Recuerdo que una de las cosas que trabajamos en la psicoterapia fue esto de sentirse protegida en la autoaflicción, era como una especie de piel protectora que se le había hecho a fuerza de sufrir. Se termina por creer que la desdicha va con uno; que es como una hipoteca, “para toda la vida” y que cada vez te van subiendo más el Euribor…

Subjetivamente estaba evitando sentir más dolor pero objetivamente estaba autodestruyéndose. La desdicha le aseguraba cierta comodidad. Mientras que luchar para sentirse bien y procurarse felicidad para sí y para los demás le resultaba más comprometido y por ello más difícil.

Hasta que no pudo darse de cuenta de esto no hizo ese “clik” que le abrió el corazón a la alegría, al contento (que no es un reírse por cualquier cosa…), al esfuerzo renovado, a la lucha con más energía, a la solidaridad; porque alguien que encuentra satisfacción en sí mismo, siente la necesidad de contagiarla al resto y eso se hace militando en las asociaciones de familias que tienen su razón de ser en el dar servicio a las familias de los demás.

Cuánto me alegro por esta madre y por todas aquellas personas que son capaces de ir más allá del propio dolor de tener un hijo/a con alguna discapacidad; que no se cobijan en la cómoda conmiseración sino que son capaces de ir en busca de la felicidad para sí mismas y para los demás que les rodean.

Y para encontrar ejemplos que avalan esta afirmación, no necesitamos ir muy lejos, aquí en nuestra asociación Catalana Síndrome de Rett, hay muchas personas que además de vivir para su núcleo familiar y sobrellevar los desafíos de tener una hija afectada, son capaces de sacarle tiempo al tiempo para trabajar por lo demás.

Ante estos maravillosos paisajes humanos, de los que tanto aprendo, hago mías las palabras de la poeta chilena Violeta Parra, y que con tanto sentido entonó mi paisana Mercedes Sosa, “¡Gracias a la vida que me ha dado tanto…!”. Y gracias a la vida, porque puedo decirte a ti también: “¡Quién te ha visto y quién te ve!”.